Comenzó de nuevo el curso escolar, el que recuerda los cambios de ropa y el regreso a los hábitos medio otoñales y fríos. Cada septiembre surge con la sensación de que algo se nos ha marchado y queda un ligero temor de cuanto nuevo pueda surgir. En realidad lo que se van sin remedio son las vacaciones, las horas de sueño libre, la divagación nocturna, la sensación de eterno sábado... El colegio regresa siempre para recordarnos que todo debe seguir como antes y que hay que regresar cada cosa a su sitio. Los niños vuelven a saborear de cerca cómo era su aula y los mayores se dan de frente con el mayor de los pasillos escolares: el de la vida y el trabajo, el de la jornada larga debiendo madrugar y pasar frío.
Por las aulas del colegio de la vida pasan alumnos innumerables y hay cursos con alumnos más guapos que otros. Sorprende ver una inmensa Sala de Profesores en la que unas veces encuentras personas que imparten clases y más adelante vuelves a verlos como alumnos. En el fondo nunca acabamos de aprender y estamos a la puerta de aula por menos de nada. Pero lo malo de ir a la Sala de Profesores no es precisamente porque estés en un momento de tu vida preparado para enseñar; lo malo es que te sientas especialmente capacitado para evaluar lo que enseñas y te conviertas en juez de aquellos que a la media vuelta van a ser de nuevo tus compañeros. Entonces, si sucede eso, alguien por encima de ti debiera dejarte una temporada grande en el aula para seguir aprendiendo.
13 septiembre, 2006
06 septiembre, 2006
Abrid el corazón y hallaréis AMOR
Son la una de la madrugada y aunque el sueño me va dominando siento la necesidad de escribir. Esta tarde me he parado a pensar en lo importante que es abrir el corazón. Dios tan sólo nos pide eso, ya lo dice la canción: "...cuando recéis decid a Dios Abba, abrid el corazón". Que poco nos pide Dios, tan sólo un corazón dispuesto a escuchar su Palabra. Abrirse a cosas sencillas, rutinarias, pobres,... No quiere sacrificios ni ofrendas, tan sólo un corazón contrito, un espíritu humilde.
Al igual que María, quiere un sí; un sí para servirle en los hermanos, para quitar miedos. Pero nosotros tenemos miedo, nos produce pánico que Dios nos pida algo que no podamos cumplir, tenemos miedo al fracaso, miedo al que dirán si damos respuesta a algo que, visto hoy en día para la sociedad, tal vez no tenga sentido, pero que para Dios es "su voluntad en nosotros".
Dios, como Padre que es, a pesar de todo siempre está ahí, sin que nosotros lo pidamos, siempre nos muestra su rostro, nos mima y nos recuerda que nos quiere y que cuenta con nosotros. Únicamente nos pide una cosa, nuestro ser, nuestro corazón abierto, dispuesto solamente a una cosa, AMAR.
¡Cómo buscamos amar y sentirnos amados! Somos auténticos buscadores de Amor, pero no sabemos buscar. Buscamos en nuestras sendas, en nuestros propios caminos, para alcanzar ese amor y al final... sentimos el desánimo y nos cansamos porque nunca nos llena, nos vemos áridos sabemos que puede haber "algo" que llene ese vacio sin medida, ¿tal vez lo llene Dios?
No nos damos cuenta que somos un invento del Amor y hemos sido creados para amar. Somos alambres conductores de la corriente de alta tensión del amor, y por eso no debe existir amor propio en nosotros, porque el amor propio es aislador del Amor.
Y cuando el hombre o mujer lo descubre, no puede parar de pensar en ello y necesita contárselo a todos, decirles que Dios nos ama y que su amor es pleno. Tan sólo es necesario una cosa, dejar llenarnos de Dios.
¿Cómo? ¡Abre tu corazón!.
Fray José de Herrera (Diciembre de 2001)
Te busco

Te busco en la calle, en los campos, en mi ser.
Deseo abrazarte, amarte, seguirte...
Aunque sea rozarte, tocarte la piel.
Pero...sigues callado, impasible... ¿igual que ayer!
¡Dios mío! ¿Dónde estás? ¡Te quiero ver!
Tu me respondes que mire al pobre,
al desvalido, al infiel.
¿Quieres sentirme?
Arrodíllate ante ese hombre, mujer, niño, inmigrante...
¡Sírvele! ¡Ámale! Y me tocarás, me abrazarás,
de mi te enamoraras...
por medio de él.
Fray José de Herrera
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